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Inalcanzable
La armonía y la melodía de este tema es de Dionel.
Es del año 97 más o menos y es parte de ese "laboratorio"
que inventamos con él, en jornadas nocturnas en casa y
con el PC enfrente.
El texto tiene una historia más reciente y más curiosa,
si se quiere.
Es fruto de un sueño que tuve, de esos en los que uno se
despierta y se acuerda de hasta el más mínimo detalle.
Me acuerdo que me desperté llorando, llamé a Selma
por teléfono para contárselo y acto seguido me senté
frente al PC para escribir desprolijamente todo lo que me acordaba.
Luego se transformó en el cuento: "La Torre del Pueblo".
Cuando buscábamos temática para la música
que había compuesto Dionel, a Selma se le ocurre usar aquel
cuento y esboza unas cuartetas basadas en el cuento mismo.
Cuando el tema quedó casi pronto Selma empezó a
insistir con la idea de que "cuando vayamos al Pais Vasco"
veríamos la "escenografía" perfecta para
contar esta historia. Tenía y tiene razón. En los
paseos por los pueblitos cercanos a Murgia, (en el viaje que hicimos
a España en Mayo de 2005), se veía, se escuchaba
y se disfrutaba la historia de "Inalcanzable".
Ojalá podamos cumplir la fantasía de grabar el Clip
de este tema por allí... Estaría bueno.
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La
Torre del Pueblo
El bullicio
y el griterío eran ensordecedores:
- ¡ Dale, sólo un salto más !
- ¡ Por favor, es el último, no te quedes !
- ¡ Fuerza que ya llegaste !!!
El puñado de personas que estaban casi en lo alto de la
Torre no paraban de gritarle, de entusiasmarlo, de vivarlo y de
darle ánimo para que culminara lo que hasta ahora nadie
había podido hacer jamás.
Conquistar la cima de la Torre como lo indicaba la tradición
no era cosa fácil y en los cien años de construida
nadie lo había logrado.
En todas las primaveras, durante el mes de octubre, eran las implacables
competencias, y los pobladores se entrenaban todo el año
para llegar en forma al evento que consistía en subir los
85 escalones de la Torre, con las manos en los bolsillos y los
pies dentro de un cajón de verduras de los tradicionales
del pueblo. Un antiquísimo reloj de arena marcaba el límite
de tiempo del jugador, quien era avisado cuando aquel iba por
la mitad.
Las contendientes siempre terminaban con muchos heridas, incluso
algunas de gravedad, pues las llagas de los pies -pese a la protección
permitida- eran realmente marcas para toda la vida e impedimento
físico para el siguiente año. Golpes, caídas
y quebraduras hacían de la prueba un desafío como
pocos. Todos recuerdan perfectamente las muchas primaveras de
luto en donde aguerridos atletas perdían la vida en el
intento de conquistar aquel último escalón de la
Torre.
Lo cierto
es que él ya estaba casi allí. En el penúltimo
escalón.
Luego de muchos años de entrenamiento y de duras derrotas
en dos anteriores intentos, disfrutaba de los sobrados granos
de arena de aquel riguroso reloj que ya se había convertido
en el centro de los insultos y de la ira mas exacerbada.
Los "espectadores" de la Torre podían ser únicamente
aquellos que habían intentado la hazaña y solamente
se les permitía subir a presenciar la competencia desde
la altura que habían conquistado.
Ya casi no escuchaba los gritos de sus compañeros -casi
héroes-, que estaban en los últimos escalones. Miraba
para abajo y veía claramente las caras enardecidas, los
ojos inyectados en sangre y las venas de sus cuellos a punto de
estallar, fruto de los gritos desaforados de aliento.
Pero él
tenía otros planes.
Sin dudarlo
un instante siquiera, como un acto planeado con mucho tiempo,
en el penúltimo escalón de aquella Torre centenaria,
decide emprender el descenso -con el cajón sobre el hombro
como si fuera un abrigo- mostrando una sonrisa de esas que reflejan
una paz interna y la satisfacción de haber logrado lo imposible.
Nadie podía creer aquello. Menos aún los testigos
más próximos, quienes enmudecieron y mutaron sus
expresiones por el asombro, la incomprensión y luego por
la admiración y el orgullo.
Bajaba los escalones feliz, colmado, ya no sentía ningún
dolor en su cuerpo y tampoco oía los gritos de desaprobación
e incluso algún insulto, que lo acompañaron cuando
llegaba a la mitad de la Torre. De allí hasta abajo empezó
a sentir fuertes dolores en su cuerpo y a escuchar un murmullo
estridente de aquellos que odiándolo y burlándose
de él, no se animaban siquiera a mirarlo a los ojos, a
esa altura llenos de lágrimas.
La indiferencia fue el clima que reinaba abajo cuando llegó.
Abajo también estaba la mujer que él más
amaba. La razón de su vida. La que lo ayudó a llegar
a donde había llegado. En un abrazo interminable rompió
el llanto más desconsolado y desgarrador.
Así partieron ambos.
Fue luego de unos instantes que ella no pudo más y le preguntó
por qué había hecho aquello. El, como pudo, emocionado
y con un nudo en la garganta le respondió que quería
que la Torre siguiera siendo inconquistable, invencible.
Mario
27-nov-2002
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